2017
Apuntes sobre la nostalgia política
Hace unas semanas una tendencia de internet proponía revisitar el año 2016, llevándonos a desenterrar todo tipo de recuerdos y escenarios del archivo virtual personal y colectivo. Una forma pop de la nostalgia, aparentemente inofensiva, donde las fotos no estaban encuadradas, y como reza el tango, ese tiempo pasado parecía (un poco) mejor.
Pero el Miércoles en la marcha contra la Reforma Laboral fueron varias las evocaciones al año siguiente: el 2017, por su aparente similitud con las jornadas contra la Reforma previsional durante el gobierno de Mauricio Macri. Si bien la analogía era en principio intelectual: por la gravedad de la medida, a dos años también de un gobierno derechista que, de lograr conseguir esa victoria parlamentaria, terminaría por consolidar su plan de gobierno. Pero luego, una vez allá en la plaza, las evocaciones comenzaron a ser físicas. La plaza era otra. La hora del día. Era verano también, pero recuerdo que no tenía calor, porque serían las 10 u 11 de la mañana.
Nos recuerdo enfilados, largas filas dispuestas en horizontal contra el Congreso, no sólo columnas. No nos recuerdo tranquilos y circulares charlando. Nos recuerdo derechos, un poco tensos y mirando al frente. No estaba pendiente de qué pasaba a mi alrededor, qué estaban haciendo las demás columnas, o qué pensaban hacer, si la CGT había o no convocado, a que hora pensaba irse, ni cuan llena estaba la plaza a nuestras espaldas.
Y ante todo había una inmensa confianza: confianza en que ese día se nos jugaba algo importante. En que éramos nosotrxs, lxs jóvenes militantes, también precarizados, lxs que teníamos que luchar por las jubilaciones de los viejos. Lo mismo que ahora, pero con la convicción (o la inocencia, que es lo mismo) de que sí servía lo que estábamos haciendo.
Tampoco recuerdo mirar el celular para ver noticias. No había Instagram. Chequear solo el whatsapp militante por si alguien comunicaba alguna directiva. Lo que recuerdo es mirar hacia adelante hasta que empezaron a volar las primeras piedras y empecé a sentir los primeros gases lacrimógenos. Y sentir miedo, pero no saber exactamente de qué: nunca había estado en una represión antes, ni me lo representaba. No había imágenes brutales, en alta definición todos los días para amedrentarme.
Empezamos a corrernos cada vez más para atrás, ¡no corran, no corran!, como si avanzáramos hacia atrás, en bloque, todos juntos. La desconcentración era imposible entre columnas tan apretadas y tan grandes, recuerdo todo más grande, pero en extensión, no necesariamente en cantidad. Quedar entre unos palos de la Cámpora, que no se iba, sino que volvía a la plaza. Nosotrxs volvimos también.
Recuerdo estar recién despedida de un trabajo que me gustaba, y que para zafar había agarrado unas horas atendiendo una pequeña librería a puertas cerradas. Su dueña, mi informal empleadora, era un típico síntoma del declive progresista y del comienzo del, llamémosle así, “emprendedurismo de derecha”: había renunciado a su trabajo en el Ministerio de Economía, porque decía que había muchas horas “en las que perdía el tiempo” y como siempre le había gustado la literatura y viajaba mucho afuera, podía traer en la valija y gracias a becas que obtenía por ese proyecto, libros importados, que aún no se conseguían en Argentina. Así que se decidió a inaugurar una librería la casa que le compraron sus padres, quienes constantemente la llamaban por teléfono.
Si bien el trabajo era tranquilo, el vínculo laboral con ella era un infierno: me pagaba por hora, y me descontaba la hora de almuerzo, es decir, no estaba incluida dentro de la jornada. Si llegaba unos minutos tarde, tenia que quedarme esos minutos después. Podia elegir claro, tipo banco de horas, si un dia queria trabajar más o menos. Cuando iba a enviar libros al correo tenia que mostrarle el reloj de a que hora me habian atendido, asi ella calculaba cuanto tardé. Un día caí resfriada, y me dijo que la próxima me llevara mi propio papel higiénico, porque estaba usando mucho.
Tenía además de mí, una empleada doméstica, a la cual cada tanto le regalaba libros fallados para sus hijos. Al llegar me dijo “a ella la tengo que poner en blanco, por la ley” pero para vos “no existe esa categoría”, entonces arreglémoslo en negro. Recuerdo un día de lluvia en que le enviaron un paquete, y el repartidor quiso cobrarle “la lluvia”. Ella se negó a pagarlo y lo denunció ante el jefe. Tras el teléfono, podía oírselo injuriar con términos racistas a su empleado. Cuando colgó el teléfono, ella dijo, espantada, hipócritamente compungida: “claro, por gente así es que ganó Macri”.
Lo que yo en ese momento pensé fue que en realidad Macri había ganado por gente como ella. Un mini laboratorio de la reforma laboral.
Las situaciones laborales de mis compañerxs no eran muy diferentes, pero quizas si mas sofisticadas: empleados estatales despedidos o reubicados, y docentes precarizadxs en nivel medio y algunos universtario. La mayoria compartiamos alquiler, algunos entre nosotrxs, porque, a diferencia de la generación de hoy, a los 25 años la mayoría ya habia podido, al menos hasta entonces, mudarse de la casa de sus padre.
La nostalgia política
Como con 2016, me pongo a revisitar el archivo de Facebook. En un posteo luego de la manifestación pongo:
“Melina Alexia VarnavoglouCompartido con: Tus amigos
Si hoy no estoy herida, detenida o muerta es por el cuidado colectivo de mis compañerxs. Jamás había tenido tanto miedo y angustia en una marcha y a la vez, tanta fortaleza y convicción de luchar. Asi como avanzabamos y replegábamos una y otra vez hoy, no tengamos duda de que por más que simulen retroceder para luego armar un relato que demonice y luego impunemente redoblen la represión, estamos minando la crisis de este gobierno. Salga (seguramente) o no la reforma hoy, Cambiemos es una bomba de tiempo.”
Y luego de que se levantara la sesión el siguiente:
La sensación hoy es completamente la opuesta. Estamos en el momento más lejano de poner en crisis al gobierno. El momento de mayor estabilidad de Milei, arrancando su tercer año de gobierno, habiendo ganado las elecciones de medio término.
Como si faltara nostalgia, por su fecha, esas jornadas evocaban a las del 2001. El año que siempre lxs militantes evocamos, como una especie de hoja de calcar. Pero también como límite, que ninguno de nosotrxs hoy estaría dispuesto a cruzar.
Pero no porque tengamos miedo de tirar una valla, lanzar una piedra o enfrentar a la policía. Sino porque nos da paja reiniciar todo el proceso previo a una insurrección como esa, un proceso que, por sus frutos en términos de recomposición política del país (para otros, mera fruta podrida), ya teníamos como ganado.
A quienes si creemos que hay que reiniciar ese proceso (lo cual no quiere decir que nos llevará al mismo lugar), sosteniendo asambleas barriales, ollas populares, formar pequeñas organizaciones territoriales, volver a hacer piquetes, nos tildan de minoritarios, de nostálgicos. Y quizás tengan razón.
Pero hay algo peor que la nostalgia: la desconexión de la memoria con el presente.
Sigo buceando en el año 2017 en Facebook hasta dar con el comunicado de la agrupación donde militaba, que recupera ese sentido. Dice:
“Si para contar la historia y balancear los procesos políticos y sociales bastaran las imágenes y el canto popular, la madrugada de hoy hubiera tenido muchas semejanzas a la vivida hace dieciséis años atrás.
A pocos segundos de tocar las cero horas para dar comienzo al 19 de diciembre de 2017, cientos de personas se reunieron en cada esquina, con cacerolas, con sus mascotas y en familia para expresar su repudio a la Ley de Reforma Previsional que se trataba en el Congreso de la Nación. Al canto de: “si este no es el pueblo, el pueblo dónde está”, “unidad de lxs trabajadorxs y al que no le gusta se jode” y el heredado por la historia “que se vayan todos, que no quede ni uno sólo”, los cientos de una esquina se fueron reuniendo con los cientos de la otra y de la otra, caminando, cantando, compartiendo la indignación, uniendo un paso tras otro para hacer de todos uno, fuerte y firme, pisando las puertas del Congreso.
Así culminaba una Jornada de resistencia popular que había comenzado a las once de la mañana, cuando 500 mil personas, organizaciones políticas, gremiales, sindicales y movimientos populares nos hicimos presentes en el mismo lugar para rechazar el paquete de reformas que este gobierno espera imponer a punta de cañón y que afectan a miles y miles de personas en todo el país, las más vulnerables.”
500 mil personas entonces éramos. Y luego de la jornada, se organizaron espontáneamente cacerolazos en diferentes puntos de la ciudad, que, a determinada hora, confluyeron y algunos, siguiero de nuevo hasta el Congreso. Nos recuerdo caminando entre amigos, compañeros y desconocidos, con bronca, miedo y entusiasmo. No dábamos por perdido lo que aún no lo estaba y así se veía Corrientes a la altura del Abasto.
Por supuesto, era un momento mucho mejor del país, o mejor dicho: donde aún el deterioro material y espiritual para hacer política no era tan grande.
Con el saldo organizativo del kirchnerismo detrás y la mayoría de sus organizaciones, aunque golpeadas por la derrota, todavía en pie. Con más (y mejores) senadores y diputados opositores dentro del Congreso, que ante la brutal represión de ese día, pidieron que se levante la sesión. Claro, allí comenzaba el dictum nostálgico más fuerte de todos: “Vamos a volver”, que durante el macrismo supo ser grito y ahora es poco más que un susurro dicho por lo bajo y con vergüenza.
El macrismo era, como ahora, una fuerza política relativamente nueva que causaba desorientación, que también decía “no venir de la política” y habían alcanzado el gobierno. Pero era al fin y al cabo un enemigo político identificable y con el que incluso, en algunos puntos, el peronismo podía negociar algo sin integrarse por completo. O negociar a secas. Ahora no hay siquiera voluntad política (o lo que es lo mismo en esas esferas: guita; ¿Ni guita para comprar senadores tenemos?) de negociar. En cambio, en un patético pataleo, vimos a algunos senadores peronistas quejándose de que les vaciaron las comisiones, denunciando que hubo extorsiones a varios sindicalistas.
Realmente no puedo creer ese nivel de buenismo en una fuerza tan sucia, tan (y es un elogio) embarrada. ¿Ha perdido el peronismo, su única y más intextingible cualidad? ¿La de extorsionar a su enemigo?
Durante mucho tiempo actuamos como si los mileistas fueran “outsiders políticos”, gente que no entendía las reglas del juego y que “el sistema político” se los iba a comer, y etc etc. Nada mas alejado de la realidad: demostraron ser los más corruptos y palaciegos posibles. Mucho más que el peronismo. Y es que lo que Milei simplemente está haciendo es algo que hace rato no se ve en la política argentina: gobernar. Seguir un plan político.
Scrolleo unos meses antes y encuentro también el posteo de las fotos de la marcha universitaria contra Macri. Se ve realmente muy parecida a la que hicimos contra Milei, con la idea de los libros y todo. Pero puedo observar y casi confirmar que fue menos masiva que la de Milei. Pero había si, muchas más organizaciones de estudiantes, o las mismas que después de la pandemia se debilitaron profusamente.
¿Había mas organización? ¿O tan solo más organizaciones activas? ¿Nos organizábamos mejor? Esas quizás sean preguntas importantes para hoy, donde tenemos que repensar todo de nuevo: sobre todo, que implica hoy organizarse.
Ahora bien, la nostalgia es engañosa. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Depende para qué. Lo que funcionaba para ese tiempo no funciona para éste.
Pero seguramente en ese momento pensábamos que ninguno de nuestros métodos políticos tampoco servía contra la lógica tecnócratica y empresarial del macrismo. Como decíamos en la entrada anterior toda época se piensa más opresiva que la anterior, así también toda época cree que sus métodos políticos son más impotentes que en otras.
Pero ojo: la diferencia es que no estábamos pidiéndole a esas marchas que fueran masivas y decisivas, asi como no estábamos pidiéndole, en términos de nuestra vida personal, que cada experiencia que sea intensa, inolvidable, extática. No estábamos contando desde un dron (aunque ya empezaban a implementarse) cuantos éramos.
Como Funes el Memorioso que recuerda cada segundo, pero no puede conectar las experiencias. No puede tener una idea compleja de tiempo. Creo que nos pasa un poco eso. Nos falta cohesión entre nosotros, pero también dentro de nosotros mismos. Organización.
Es tal la ofensiva, y tan rápida, que tenemos la sensación de que si lo que hacemos no es efectivo en el momento, es contraproducente. Pero ante eso, dos preguntas: ¿Cuál es el efecto que queremos generar? ¿Cuál es el objetivo político de una manifestación? En 2017 estaba bien claro: que se levante la sesión. Y ocurrió.
El otro día hicimos lo mismo, pero sin que funcione: hicimos la mímica del 2017. Porque pensamos que es “eso” lo que hay que hacer. De algún modo tenemos razón: no hay que dejar de hacerlo. La presencia y el repudio en la calle siempre es importante. Pero por otro: la falta de orientación y de plan político cansa y lleva a encontrar culpables de un problema del que somos parte, con mayor o menor responsabilidad, todxs.
Cuando comenzó la represión y (la pequeña delegación) de la CGT desconcentró, el resto de las organizaciones se replegó. Aún quedaban por entrar más y más columnas sindicales a la plaza, pero la orden desde arriba fue paralizante. Cuando un grupo considerable más de gente de a pie se acercó al Congreso después de su trabajo, se encontraron con una plaza vacía, no solo a merced de la policía sino de su propio descontento. Nuevamente el discurso por derecha y por ““izquierda”” de los infiltrados. Que reproduce el mismo gesto: el que estropeó el hecho político fue otro.
Por la noche, las asambleas barriales organizamos cacerolazos, y ahí nos encontramos como siempre con gente que estaba enojada, pero también con gente que ni siquiera sabía lo que había pasado. Pero no se armó y a la hora de votar, estábamos en nuestras casas, mientras Bullrich con la calle controlada cerró la sesión hablando de productividad, desarrollo y futuro. Igual como lo hacia, de hecho, en el macrismo.
Pero estamos ante una reforma, que dentro de los artículos impide el derecho a hacer asambleas en los lugares de trabajo; y que desde el inicio del gobierno no para de perseguir delegados sindicales y que está logrando desvincular cada vez más al empresariado argentino de cualquier vínculo con las burocracias sindicales; es decir, que pretende sustituir al sindicalismo como modelo.
La CGT seguirá teniendo una capacidad de fuerza enorme y de no instrumentarla será no solo criminal, sino terminal para su función politica y su razón histórica de ser; que recordemos está en crisis, como lo está en la mayoría de los países del mundo.
¿Qué trabajador cree hoy que es importante estar sindicalizado? ¿Qué estudiante hoy cree que es importante militar?
Reestablecer ese sentido común, antes de que llegue al grado cero, es tarea de todxs.
Sin nostalgia, sino con la memoria política de sabernos un país con la tradición de lucha más importantes del continente, y en campos diversos: tanto en el sindicalismo, en el feminismo y la comunidad LGTB, como en el movimiento estudiantil, por nombrar algunos de los más fuertes.
Contemplar el pasado: vida activa del presente.
Para cerrar quiero recordar algo que en un programa de FMI, dijo Gabriela Borrelli: “A mi el pasado me tranquiliza”. Estoy muy de acuerdo con esa frase. Tanto en lo personal como en lo político, uno revisa el pasado y ve como, en momentos difíciles de nuestra vida y también de nuestra comunidad, aún hacíamos cosas que nos hacían felices, y eran culturalmente valiosas, como nos sobrepusimos a duelos, pérdidas, despidos, y creamos algo que, en retrospectiva, era visto como algo nuevo, iniciador.
Pero en ese momento seguro sentíamos que no. Si sentimos nostalgia es por la falta de “vida activa” en el presente. Noción hermosa que me recordó también Flavia Costa en otro FMI. Lo desarrollo un poco:
La “vida activa” es un concepto que Hannah Arendt recupera de San Agustín en La condición humana y que vincula tres nociones: la de labor, la de trabajo y la de acción. Refiere básicamente al tipo de vida que uno tiene que tener más allá de la que emplea en la supervivencia, diríamos hoy y hoy mas que nunca: vivir para trabajar. Si solo vivimos para trabajar es imposible desarrollar una vida política. Porque la “vida activa” requiere además de un compromiso con la acción, una elevación sobre la vida meramente material, reproductiva, es decir: un margen para la “vida contemplativa”. Y alli sucede algo interesante con la acción, en su capacidad para transforma el tiempo pasado.
Cito directo: “La acción, hasta donde se compromete en establecer y preservar los cuerpos políticos, crea la condición para el recuerdo, esto es, para la historia”.
Por lo cual, la contemplación del pasado, en su quietud y su belleza, es fundamental para el paso a la acción, y, por supuesto, para la construccion de la política futura. Del mismo modo que es importante construir una memoria (eso se hace mediante la contemplación, no mediante la acción) sobre lo que hicimos. Hacer historia.
Pero contemplar es contemplar: con templum. Observar algo con cierta distancia, cierta devoción. Muy diferente, a estar mirando desde arriba del dron, todo el tiempo lo que hacemos. Eso es en el fondo, un ideal productivo de lo más vulgar. Evaluamos, rankeamos todo, y nada parece suficiente para convocarnos. “Si la marcha no es masiva, no voy”.
Eso es porque no nos permitimos contemplar, cuya etimología se parece también bastante a recordar: pasar por el corazón. Nada llega a hacer mella, como yo creo sí pasaba con esas marchas. Como puede pasar también con estas, y no solo con las marchas, sino con todo espacio que nos propongamos construir.
Sin duda nuestra relación con el tiempo se ha transformado y muy rápido, en esta década. Pero el problema para mi tiene que ver más con el espacio, no solo con la falta de “espacios de encuentro” donde el tiempo tenga más espesor, sino en el sentido metafísico de la palabra: con bancarse la incertidumbre que tenemos cuando estamos antes la extensión de algo, como cuando nos alejamos un poco y la ciudad se va haciendo cada vez más chiquitita y vemos, pero no determinamos donde termina una cosa y empieza otra. Eso, quizás, se parezca más a tener un horizonte.




"Durante mucho tiempo actuamos como si los mileistas fueran “outsiders políticos”, gente que no entendía las reglas del juego y que “el sistema político” se los iba a comer, y etc etc. Nada mas alejado de la realidad: demostraron ser los más corruptos y palaciegos posibles. Mucho más que el peronismo. Y es que lo que Milei simplemente está haciendo es algo que hace rato no se ve en la política argentina: gobernar. Seguir un plan político."
Es un afirmación tan sincera que pisa deliberadamente el charco del sincericidio.
No hay frase más tercermundista que el "roba pero hace" y aún asi tan cargada del realismo político digno de Maquiavelo.
Extraña forma de denuncia y reconocimiento al mileismo realmente existente. Pero pediría que por favor intente aumentar el expediente de delitos en su oficina de de justicia más cercana.
No sé, yo soy más de mirar por el costado y rehuir al principismo tecnocomercial idílico, demasiado Grone polítics to me, digo activismo popular.
Anyway, buena prosa.